MI MADRE LO ERA TODO PARA MÍ

Mis alegrías se despertaban y dormían en el firmamento de su presencia. Era aún un niño cuando, estando con mi padre en Bareilly, recibimos la noticia de que mi madre se encontraba gravemente enferma. Inmediatamente tomamos el tren para Calcuta, adonde mi madre había viajado para dirigir los preparativos de la boda de mi hermano mayor Ananta. En una estación de trasbordo vino a recibirnos mi tío. Me asaltó entonces el terrible presentimiento de que mi madre ya había muerto y, angustiado, le pregunté si mi madre aún vivía. En aquel momento, un tren se apresuraba con estruendo hacia nosotros, e interiormente tomé la determinación de arrojarme bajo sus ruedas si mi madre había muerto. Interpretando con acierto la desesperación que se reflejaba en mi rostro, mi tío replicó: «¡Por supuesto que aún vive!». Pero cuando llegamos a nuestra casa en Calcuta, mi madre ya se había marchado. Yo estaba inconsolable: la amaba profundamente, pues era mi mejor amiga; sus serenos ojos negros eran mi más invulnerable refugio. He descrito en forma de poema una experiencia que viví en aquellos días: