MI MADRE LO ERA TODO PARA MÍ

MI MADRE LO ERA TODO PARA MÍ

Mis alegrías se despertaban y dormían en el firmamento de su presencia. Era aún un niño cuando, estando con mi padre en Bareilly, recibimos la noticia de que mi madre se encontraba gravemente enferma. Inmediatamente tomamos el tren para Calcuta, adonde mi madre había viajado para dirigir los preparativos de la boda de mi hermano mayor Ananta. En una estación de trasbordo vino a recibirnos mi tío. Me asaltó entonces el terrible presentimiento de que mi madre ya había muerto y, angustiado, le pregunté si mi madre aún vivía. En aquel momento, un tren se apresuraba con estruendo hacia nosotros, e interiormente tomé la determinación de arrojarme bajo sus ruedas si mi madre había muerto. Interpretando con acierto la desesperación que se reflejaba en mi rostro, mi tío replicó: «¡Por supuesto que aún vive!». Pero cuando llegamos a nuestra casa en Calcuta, mi madre ya se había marchado. Yo estaba inconsolable: la amaba profundamente, pues era mi mejor amiga; sus serenos ojos negros eran mi más invulnerable refugio. He descrito en forma de poema una experiencia que viví en aquellos días:

Meramente saturados de afecto, muchos ojos negros reclamaron esta huérfana vida mía, deseando mitigar el dolor de la ausencia materna.

Mas, ninguno igualaba la tierna mirada de aquellos ojos negros que había perdido.

El amor de esos dos ojos oscuros para siempre se había ausentado del mar de todos los ojos negros que contemplaba.

Buscando esos dos ojos y en los reinos de lo desconocido, llegué a descubrir al fin en el nacimiento y en la muerte, en la vida y en los sueños, los innumerables ojos negros de la Divina Madre omnipresente, en el espacio y en el corazón, en las entrañas de la Tierra, en las estrellas, dentro y fuera de mí, que desde todas partes anhelosamente me miraban.

Buscando incansablemente a mi madre desaparecida, encontré finalmente a la Madre Inmortal.

En la Madre Cósmica hallé yo el amor que había perdido, al perder a mi madre terrena.

Buscando incesantemente, en los incontables ojos negros de la Madre, encontré aquellos dos ojos negros desaparecidos.

¡Si tan sólo te fuese posible experimentar el arrobamiento que se apoderó de mi ser cuando sentí que aquellos ojos negros de mi Madre me contemplaban desde todas partes, desde cada partícula del espacio! ¡Cuán hermosa fue aquella experiencia! Todo mi pesar se convirtió en gozo.

Paramahansa Yogananda. Libro «La Búsqueda Eterna». Pág 428

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